A veces me pregunto si tú haces lo mismo.
Si al sentarnos en un metro me miras de reojo y empiezas a imaginar cómo es mi vida, cuales son mis miedos más profundos, cuál ha sido el momento más feliz de mi vida, en qué instante he brillado como la luz de el sol y cuantas veces me he apagado y me he vuelto ceniza; si empiezas a imaginar lo qué estoy pensando y qué música estoy escuchando, y si me gusta la poesía. Y te acabas enamorando de la chica que tienes al lado sin una sola palabra.
Si cuando me ves reír te quedas mirándome alucinado, como si una estrella fugaz acabase de pasar; y ya no apartas los ojos de mí porque el instante es demasiado bonito como para salir de él.
Si imaginas cómo sería estar solos en ese vagón, que nos mirásemos, nos acercásemos y nos follásemos ahí mismo. Cómo sería llegar al orgasmo conmigo y qué sabor tendríamos.
Si piensas en bajarte en la misma parada que yo y seguirme a casa y quedarte a vivir en el banco de delante de mi portal para poder desearme los buenos días cada mañana y así ser motivo de mi sonrisa.
Pero luego entro en razón, y me acuerdo de que yo soy muy soñadora,
un poco poeta,
un poco rara.
Un poco loca, quizás.
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